El secreto de mis padres

Feat: Daniel Corzo

Una de las cosas que más recuerdo con agrado de mi niñez es poder entrar en la noche al cuarto de mis padres y dormir en la mitad de ellos dos. Me inventaba cualquier excusa con tal de acostarme y sentir el calor y seguridad de su valiosa compañía. El miedo a estar solo, algún dolor de garganta, una gripa o un simple deseo de ser consentido era suficiente para que ellos me acogiesen en su lecho nupcial.

Al sentir alguno de éstos “síntomas” anteriores de inmediato me levantaba de la cama y caminaba a tientas en la oscuridad de la noche como un cieguito que conoce cada centímetro del espacio recorrido utilizando sus manos como el mejor de los radares. Debo confesar que el trayecto se me hacía eterno y sentía pánico al caminar solo por el pasillo de la casa bajo un silencio ensordecedor y las tenebrosas tinieblas. Pero todo éste sufrimiento cobraba sus frutos en el mismo momento en que llegaba a la habitación de mis padres, abría la puerta y sin decir nada me escabullía entre sus sábanas hasta sentir que sus brazos me rodeaban del puro y físico amor protector que sólo ellos me sabían dar. Minutos después yacía nuevamente rendido en los brazos de Morfeo y feliz por tan preciosa compañía. Algunas veces amanecía con ellos, y otras inexplicablemente despertaba en mi habitación extrañado por saber cómo fui a parar allí.

Al llegar a los 11 años todo eso cambió radicalmente. En una oportunidad que pretendí hacer lo mismo de siempre no pude lograr mi cometido gracias a que el seguro de la puerta estaba puesto. Varios días seguidos lo seguí intentando pero con el mismo resultado infructuoso. Desde ese momento se despertó en mi una terrible curiosidad. ¿Qué estarían haciendo mis padres en su cuarto bajo llave?

Por mi cabeza pasaron mil cosas, la primera de ellas es que mis padres ya no me querían. Cómo se acercaba mi cumpleaños, con optimismo llegué a pensar que estaban planeándome una fiesta sorpresa. También pensé que por error le pasaban seguro a la puerta y con mucha malicia sospeché que podían estar viendo una película para adultos.

Ninguna de las hipótesis era sustentable: El cariño que me seguían demostrando mis padres pese a mi constante mal comportamiento y deplorables notas en el colegio siempre era de admirar. Lo de planear la fiesta también lo descarté rápidamente porque resultaba inverosímil creer que esperaran la madrugada para tal fin. De mi siguiente conjetura era creíble que involuntariamente una vez cerraran la puerta, pero ¿todos los días? Y mi última sospecha fue eliminada al recordar que para ese entonces solo teníamos dos canales de T.V. cuya transmisión no podía excitar ni a la persona más lujuriosa.

Con todas mis teorías derrumbadas me decidí a diseñar un plan para revelar su secreto. Una mañana me levanté decidido, y sin crear sospecha alguna tomé el llavero de mi padre, saqué la llave de su habitación y con mucha cautela la guardé bajo mi almohada esperando a que terminara la jornada diaria para ejecutar mi malévolo plan.

Ese día se me hizo más largo que de costumbre. En el colegió no presté atención a ningún asignatura, en recreo estuve totalmente distraído y no probé bocado al almuerzo. Todas mis energías estaban enfocadas en cada una de mis instrucciones que minuciosamente había trazado en un pedazo de papel y las cuales revisé antes de irme a dormir.

Al fin llegó la hora de irse a la cama y me tocó hacer un esfuerzo sobrehumano para permanecer con los ojos abiertos. Esperé la madrugada pacientemente, serian aproximadamente las dos de la mañana cuando me levanté según lo acordado. Caminé por el pasillo, extrañamente no sentía miedo y me acompañaba un valor nunca antes visto en mi persona. Estaba completamente decidido. Al llegar a la habitación intenté abrirla sin usar la llave para darles una última oportunidad a mis padres, pero como en los últimos meses me fue imposible. Volví a mi plan y con sumo cuidado introduje la llave en la cerradura y la giré muy despacio hasta sentir que había quitado el seguro. Empujé la puerta lentamente hasta tenerla lo suficientemente abierta para poder descubrir el secreto mejor guardado en mi familia.

Allí estaba yo, impávido, sudoroso y totalmente arrepentido por revelar en vivo y en directo lo que ningún hijo creería o querría saber. Dudo que ellos alcanzaran a notar mi presencia, rápidamente y con el mismo sigilo cerré la puerta y me devolví a mi cuarto con una imagen que aun no puedo sacar de mi mente.

En ninguna de mis hipótesis estaba lo que mis ojos acababan de ver con asombro. Mis padres hacían el amor. Pese a mi corta edad ya sabía lo que eso significaba, pero nunca se me había cruzado por la cabeza que ellos también tuvieran relaciones sexuales. Cuando mis amigos hablaban del tema yo pensaba –Todos hacen eso, menos mis padres-. Pero la realidad era cruda y distante. Era cierto, la cigüeña no me había traído. Mi existencia era fruto de una fogosa y carnal relación.

Desde ese día no volví jamás a su habitación y se me hizo ley tocar la puerta antes de entrar a cualquier sitio.

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